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Curiosidades de Sebastián Miranda

 

12_riendoseSebastián Miranda, un gozador de la vida. Archivo familia del artista.Si por algo se caracteriza la personalidad de Sebastián Miranda,
es por su vitalidad, humorismo y riquísimo anecdotario, que tanto le gustaba evocar en todo tipo de comidas, tertulias e incluso en conferencias, pronunciadas a lo largo y ancho de toda la geografía española, así como en los textos que publicó a través de sus numerosas colaboraciones en el diario ABC entre 1962 y 1975, recopiladas posteriormente en gran medida en los dos volúmenes editados por Prensa Española: Recuerdos y añoranzas (Mi vida y mis amigos) y Mi segundo libro de recuerdos y añoranzas.
Estos textos fueron una licencia que se permitió el escultor tras la muerte de Julio Camba y Ramón Pérez de Ayala, porque, según él mismo señalaba, aunque vivieran mil años, yo no abriría la boca. Todo lo escrito se limitaría a las cartas familiares. Ayala, dado el fraternal cariño que me tenía, quizá hubiera tomado esta veleidad mía de una manera graciosa: no le hubiera importado. Pero Julio Camba... habría llegado hasta el crimen. Y es que Julio Camba odiaba a aquellos literatos por afición, que se dedicaban a otra cosa y escribían por placer.

Su riquísimo anecdotario hace que sea particularmente difícil seleccionar sólo algunas de sus muchas curiosidades, buscándose a través de este breve elenco recopilar las que mejor definan su personalidad.

9cuadrilla_infantilSebastián Miranda con su cuadrilla infantil taurina. Archivo familia del artista.Al igual que buena parte de los intelectuales de la época cumbre de la cultura española (como Eugenio d'Ors, Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala e Ignacio Zuloaga, entre otros), Sebastián Miranda fue un gran amante de los toros y, probablemente, no haya aficionado que haya pisado la Plaza de Toros de las Ventas antes de 1975 que no le haya visto sentado en su palco, el número 9, compartido, entre otros, con el taurófilo José María de Cossío.
Esta predilección por la Fiesta Nacional se manifestó ya desde el mismo momento de su nacimiento, pues Miranda vio la luz en la mañana de un 7 de julio, fecha taurina por excelencia.
También su padre, José Miranda, conocido popularmente como Pepón de Grao, era otro gran aficionado, además de empresario taurino, cofundador de la Plaza de Toros de Buenavista de Oviedo en 1888, donde su propio hijo formaría parte de una cuadrilla infantil taurina.

En cuanto a su vocación artística, se manifestó también desde edad muy temprana. Sebastián Miranda adquirió sus primeras nociones de dibujo en el Oviedo de finales del siglo XIX, de la mano del pintor asturiano Antonio Fernández Cuevas (1841-1909), miembro de una conocida familia de artistas ovetenses. Posteriormente, durante su estancia en Alemania, se intensificó su afición por el dibujo. Así, en Erfurt (Turingia) recibió clases y comenzó también a tomar apuntes de los tipos que se encontraba por las calles alemanas y en las numerosas excursiones que realizaba. Un día, mientras tomaba un apunte de un grupo de personas en un bar de Munich, fue elogiado por un caballero que pasaba por allí, quien resultó ser el destacado pintor alemán Franz von Lenbach (1836-1904), retratista oficial de Guillermo II y de Otto von Bismarck. Parece que aquel encuentro fue el que le animó definitivamente a dedicarse al arte y, de hecho, entre las diversas alternativas que se planteaba una vez dejara la carrera de Ingeniería, se encontraban la de ingresar en la Academia de Pintura de Munich o la de trabajar en la ilustración de periódicos. Por otra parte, también debió ser en Alemania cuando se inició en los rudimentos de la escultura pues, según contaba el propio Miranda, mientras estudiaba en la Escuela Politécnica tuvo un compañero que, al salir de clase, iba a un taller de modelado. Un día Sebastián Miranda le pidió que le comprase unos palillos, y entonces comenzó a trabajar el barro y, sobre todo, a dibujar.

La buena estrella y su increíble capacidad de supervivencia en las situaciones más insospechadas son algunas de las características que marcaron su existencia. Así, por ejemplo, salvó milagrosamente su vida en más de una ocasión, como sucedió durante el viaje que realizó con su gran amigo Julio Camba a principios de agosto de 1923. Con él pasó unos días en la costa francesa de Biarritz donde, bañándose un día en la playa, se adentró demasiado en el mar y estuvo a punto de morir ahogado, si no llega a ser por un norteamericano, de nombre Larry Doyle, que estaba pasando su luna de miel en España y en el sur de Francia y que lo vio adentrarse peligrosamente en el agua, nadando rápido en su busca para salvarlo. Miranda, con su característico humorismo o sorna asturiana, narraba en el ABC de 9-12-1962 cómo fueron capaces de reanimarlo:
Una vez allí requirieron la presencia del hombre más gordo para que, sentándose sobre mi bandullo repetidas veces, me forzase a expeler toda el agua que había tragado. Con unas pinzas, clavadas en la lengua, tiraban de ésta hacia fuera y, al propio tiempo, no cesaban un instante de darme bofetadas para evitar que me durmiera. Inyecciones, inhalaciones de oxígeno, sinapismos...Al fin, muy lentamente y merced a todos estos reactivos, fui recobrando el sentido.
Traté de reconocer a las gentes que había en torno mío para informarme si aquellas manipulaciones a que me estaban sometiendo tendrían la eficacia de volverme a la vida. Al reconocer a Julio le hice un gesto para que se acercase. Como apenas podía hablar le interrogué más con la mirada que con la voz:
¿Viviré?
Lo interpretó torcidamente porque, señalando al bolsillo interior de su chaqueta, me dijo:
Tranquilízate; lo tengo todo aquí.
Se refería al dinero que habíamos depositado en la caja.
Pero por si este incidente no hubiera sido suficiente, esa misma noche, mientras dormía, se incendió el hotel en el que se alojaban. Miranda fue levantado de la cama por Camba y llevado fuera donde, ante la mirada curiosa de una joven francesa, pronunció las palabras "soy el ahogado de esta mañana", que dieron título a su artículo e inspiraron una de las narraciones de Camba recogidas en El matrimonio de Restrepo.

Hablando de mujeres, Miranda estuvo siempre rodeado de féminas de gran belleza, desde su propia familia hasta sus amigas y modelos. Pero quien marcó sin duda su vida fue la ovetense Lucila de la Torre Boulín (1895-1938), a quien conoció en Oviedo hacia 1909 y de quien se enamoró perdidamente. La diferencia de edad, la inestabilidad de su profesión y la fama de bohemio y vividor del escultor provocaron que la relación entre ambos fuera desaprobada por la familia de la joven pero, tras dieciséis años de asedio, encuentros y desencuentros, coincidencias provocadas, cartas propias y de intermediarios como Ramón Pérez de Ayala y, sobre todo, mucha constancia, la pareja contraería finalmente matrimonio el 5 de agosto de 1926 en Covadonga (Asturias).

10_comidaComida en casa del escultor, con José María de Cossío e Ignacio Zuloaga, entre otros.Además de su constancia, que también podríamos calificar de tozudez o cabezonería, otros rasgos imprescindibles de su carácter eran su amor por la vida, su condición de bon vivant y su auténtica pasión por la buena gastronomía, que atestigua entre otros datos el hecho de que hiciera a su criada, la Sariega, recibir lecciones de cocina en Francia, las cuales le llevarían a convertirse en una excelente dominadora de la materia y a obtener el título de "Cordon Bleu". Sebastián Miranda tenía asimismo una memoria culinaria exquisita, y era capaz de recorrerse kilómetros y kilómetros sólo para repetir la experiencia de comerse unas buenas sardinas, como efectivamente hizo en 1960 desplazándose a Palo de Málaga para revivir el sabor de unas que había disfrutado en 1921.

Estos caprichos culinarios y otros lujos derivados de adquisiciones de ropa, libros, antigüedades y todo tipo de objetos eran sufragados, en buena medida, con la venta de las tierras que poseía su familia en Asturias, pues no hay que olvidar su procedencia, vinculada a adineradas familias burguesas y nobiliarias de Gijón y Grado, convirtiéndole además esta última en posible heredero del título del Condado de Mascali, cuyo posesión intentó demostrar entre 1954-1955 a través de diversas investigaciones en archivos europeos, que acabó abandonando por infructuosas.

11_viaje_portugalSebastián Mrianda en un viaje a Portugal, ca. 1947. Archivo familia del artista.Miranda fue, por último, un viajero incansable, ya desde su adolescencia en Alemania y hasta poco antes de su muerte. Recorrió así a lo largo de su vida toda España, Europa y parte de América. Pero quizás el viaje más espectacular de los que realizó fue el de la vuelta al mundo, que emprendió en 1966, a la edad de 81 años, y que le llevó a visitar Italia, Grecia, el Líbano, Jerusalén, la India, Tailandia, Hong-Kong, y Japón, regresando por Alaska y el Polo Norte hasta Dinamarca, y de ahí a Niza y a Madrid.

Sus peripecias durante este periplo fueron narradas en una serie de artículos publicados bajo el título común de "La vuelta al mundo de un octogenario" (ABC, entre el 3 de enero y el 5 de abril de 1967), que daban cuenta de sus intereses, su energía y sus ganas de vivir.