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Relación de  maeztu_casasRetrato al carbón por Casas. con otros creadores


 

Ramiro de Maeztu mantuvo, en su juventud, una cierta amistad con algunos de sus compañeros del 98, en especial con Pío Baroja y Azorín, con quienes constituyó el "Grupo de los tres", considerado tradicionalmente el núcleo inicial de la Generación.
carta_tresCarta de Los Tres a Unamuno.La famosa carta a Unamuno, reconociéndolo como maestro, está firmada por el trío, cuyos miembros se conocieron en la redacción del periódico de corte republicano El País, cuando aún firmaba José Martínez Ruiz quien después pasaría, ya siempre, a usar el pseudónimo de Azorín. Sin embargo, luego se distanciaron.

Pío Baroja cuenta en sus memorias (Desde la última vuelta del camino) una visita que hicieron los tres a Nicolás Salmerón con el fin de pedirle que interviniera en el Congreso a favor de un reportero malagueño simpatizante de los carlistas, encarcelado a instancias del gobernador Cristino Martos por denunciar el juego. También relata la actitud reticente que encontró en Maeztu cuando viajó a Londres en 1905, y lo que tardó en acudir a su encuentro, pese a haberle advertido con antelación de su llegada. Achaca tal conducta Baroja al hecho de haber presenciado él la agresión de Maeztu al dibujante Poveda y haberla, luego, llevado a una de sus novelas.

De Azorín se alejó notablemente a raíz de un artículo de ABC titulado "La España de un pintor". Renovaba en él el escritor alicantino la cuestión Zuloaga, tras las exposiciones del pintor en Nueva York (1909) y Venecia (1910), acusando al artista -de quien por otra parte era amigo- de retratar una España acomodada a la visión de los extranjeros y basada en el prejuicio antes que en la realidad. A Maeztu le pareció improcedente dicha interpretación y contestó a Azorín arguyendo el carácter impulsivo y el temperamento indomable e íntegro de Zuloaga, incapaz de elegir sus asuntos pictóricos o seleccionar sus personajes por cálculo alguno. Si había tenido éxito en París ello se debía al entusiasmo de los críticos y los artistas ante la "energía fiera que expresaban sus lienzos" y precisamente esa fuerza tenía la virtud, según el Maeztu reformador y crítico de estos años, de producir un efecto contrario e incitarnos a cambiar las cosas. Se sumó, entonces, a la discusión el prestigioso crítico de arte Francisco Alcántara, disconforme con el enfoque del vitoriano, y éste prosiguió con el asunto en otros tres artículos.

La vinculación con Ramón Pérez de Ayala se fue, asimismo enfriando ya que Maeztu recelaba de su desapego religioso y su afinidad a la República, a la que representó diplomáticamente.

banquete_a_maeztuRamiro de Maeztu pronunciando un discurso. Abajo Maeztu y Ortega rodeados del resto de los asistentes al banquete.Con el filósofo José Ortega y Gasset, más joven que él, la relación fue, igualmente, compleja y llena de artículos cruzados, especialmente durante los comienzos del filósofo como figura pública.
En un principio, era Ortega quien sentía curiosidad por Maeztu y, durante un verano en el que coinciden en Vigo, acude a sus conferencias y, juntos, dan largos paseos. Es posible que el afecto entre ellos fuera sincero, pero lo cierto es que nunca llegaron a congeniar ideológicamente y, en especial Ortega, pasaba bruscamente de la fraternidad a la ironía casi mordaz.
Una vez, Maeztu terció en una discusión que mantenía Ortega con Azorín acerca de si, en política, eran más importantes las ideas o los líderes. El vitoriano intentó armonizar ambas posturas y criticó a Ortega que escribiera de una manera excesivamente elevada, pues ello le impedía, a su entender, llegar a la mayoría de la gente y, sobre todo, reducía su influencia; y yendo aún más lejos, se aventuró, incluso, a sugerir al filósofo, con ejemplos concretos, en qué sentido debería modificar su expresión escrita.

Tal consejo no fue bien recibido por el destinatario, quien replicó a su interlocutor insistiendo en que España necesitaba, ante todo, ideas y método con el fin de que los impulsos se encauzaran provechosamente y no se disiparan de forma baldía. "Sobre una apología de la inexactitud", artículo orteguiano publicado en Faro, el año 1908, muestra a las claras, el carácter irreconciliable del trato entre los dos pensadores.

En el primer libro del filósofo madrileño, Las meditaciones del Quijote, de 1914, leemos la siguiente dedicatoria: "A Ramiro de Maeztu, con un gesto fraternal". Sin embargo, a partir de la segunda edición, en 1921, desaparecen estas palabras. En ese lapso de tiempo se publicó la revista España dirigida por Ortega, y su amigo Ramiro le manifestó su disgusto por la presencia de algunos colaboradores tales como Luis de Zulueta. La observación no fue bien recibida por el filósofo, acostumbrado por estas fechas a tomar decisiones por sí mismo, y, con motivo del primer viaje que realizó a Argentina, en 1916, Maeztu le dedicó una semblanza en el periódico bonaerense La Prensa. En ella Lo tildaba de "cacique" , y decía de su estilo que era "más grandilocuente que preciso" .Seguían otras apreciaciones de la misma índole, alternando, con una ambigüedad no exenta de resentimiento, la alabanza y el vituperio.

Con Miguel de Unamuno tuvo también su particular diatriba, centrada, primero, en torno al papel distinto que asignaban uno y otro a Castilla a finales del XIX. Maeztu propugnaba la participación de las regiones industriales en la meseta y el bilbaíno tacha de confiado al regeneracionismo que aspira a nivelar las zonas de predominio agrícola con las más industrializadas.
Tras la guerra del 14 cambiaría la postura unamuniana hacia Castilla. La polémica rebrotó varias veces a lo largo de la primera década del siglo. Maeztu, pensador para la acción, no podía compartir ni el "egotismo" ni el ansia de inmortalidad, ni su otra cara: la obsesión por la muerte, rasgos esenciales e inalienables del bilbaíno. Posteriormente las cosas empeoraron y las diferencias se hicieron insalvables a partir de la guerra de Marruecos. Con Miguel Primo de Rivera, Unamuno fue al exilio y Maeztu a la embajada española en Buenos Aires.

La época de Londres, permitió al pensador vitoriano trabar conocimiento con españoles allí afincados, tales como los músicos Morales y Fernández Arbós. Con este último, dice Baroja, mantenía una vinculación bien contradictoria pues se criticaban pero no podían estar sin verse. En la capital inglesa, se encontró, además, con el socialista Luis Araquistain, con el irlandés Bernard Shaw y el príncipe ruso Kropotkin, cuya obra La conquista del pan admiró en la adolescencia.

 

 

 

Ramiro de Maeztu

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