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Relación de Sebastián Miranda con otros creadores

 

parisPío Baroja, Azorín y Sebastián Miranda en París, ca. 1939. Archivo familia del artista.Además de por su prolífica obra, Sebastián Miranda destacó en el panorama cultural español gracias a su relación de amistad con importantes personajes de la literatura hispana ( José Martínez Ruiz "Azorín", Pío Baroja, Julio Camba, Eugenio d'Ors, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala y Ramón del Valle Inclán); del arte (Julio Antonio, Ricardo Baroja, Mariano Benlliure, Juan Cristóbal, José Gutiérrez Solana, Anselmo Miguel Nieto, Nicanor Piñole, Julio Romero de Torres, Santiago Rusiñol, Pablo Serrano, Daniel Zuloaga e Ignacio Zuloaga); de la política (Melquíades Álvarez, Teodomiro Menéndez e Indalecio Prieto); de la medicina (Teófilo Hernando y Gregorio Marañón); del mundo del toreo (Juan Belmonte, Rafael Gómez "el Gallo" y Domingo Ortega); y del cine (Conchita Montes y Edgar Neville), entre otros.

Muchos fueron retratados por él, y con algunos, como Pío Baroja, Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala, Indalecio Prieto, Daniel Zuloaga e Ignacio Zuloaga, mantuvo, además de una estrecha amistad, una interesante correspondencia, la cual contribuye al mejor conocimiento de la cultura española del cambio de siglo pasado.

Escritores
estudio_pez Ramón Pérez de Ayala y Sebastián Miranda en el estudio de la calle Pez, 1910. Museo del Pueblo de Asturias.Ramón Pérez de Ayala es el primero y más importante de los amigos literatos que tuvo Sebastián Miranda, pues él sería quien le presentaría a otros escritores como Azorín, Pío Baroja y Ramón del Valle-Inclán, entre otros.
Miranda conoció a Pérez de Ayala en Oviedo hacia 1895-99, en los años en que el escultor frecuentaba el Instituto y Ramón era estudiante de Derecho. A partir de entonces, se inició entre ambos una amistad que duró toda su vida, reflejada también en una intensa actividad epistolar (sobre todo a partir del traslado a Argentina del escritor con su familia, tras la guerra civil española), que en parte ha sido ya publicada en el diario ABC de Madrid. Ambos compartieron vivencias en la Asturias de la primera década del siglo, la vida del Madrid bohemio de las décadas de 1910 a 1930, la pasión inicial por los ideales republicanos, el exilio en París y, ya en los últimos años de vida del escritor, el retorno al Madrid de Franco.
Miranda retrató en varias ocasiones al vate y a su familia y éste se refirió a él en varios de sus escritos, dedicándole incluso un poema-epístola escrito desde Argentina (Epístola a Sebastián Miranda, 1947), en el que el escritor hacía un doloroso panegírico de toda su vida. A modo de ilustración, extracto a aquí un fragmento de otra carta, la "Epístola a Azorín", donde Pérez de Ayala habla de los primeros años de Sebastián Miranda como caricaturista:

Te hallas, amigo, ahora, en mi amada Vetusta,
la noble, la sarcástica, la devota, la augusta.
(...) Tomamos el pequeño bastón
y deambulamos lentamente la población.
Quizás nos detenemos a contemplar un can.
Acaso hacia nosotros se afana Sebastián.
- Querido Sebas, ¿cómo va esa caricatura?
le decimos. Hoy hice varias super- murmura
Pérez de Ayala, R. "Epístola a « Azorin»", en El sendero andante, Madrid, 1924, pp. 49-59.

Gracias a Ramón Pérez de Ayala, en 1905 Sebastián Miranda conoció en Oviedo a Antonio Martínez Ruiz, "Azorín", cuando los tres emprendieron una excursión a San Juan de la Arena (Asturias) para conocer a Rubén Darío. No obstante, su relación se estrecharía, como con el resto de personajes aquí mencionados, en Madrid durante la segunda década del siglo XX, y fue particularmente íntima durante los años del exilio parisino y posguerra española, cuando el escultor retrató, ya en edad avanzada, al escritor. Azorín se refiere en numerosos textos a Miranda o a sus obras, especialmente en París y en Memorias inmemoriales, pero también le dedicó su atención como crítico en la prensa periódica, como sucede en el siguiente extracto del artículo "Océano" publicado en Luz (13-6-1933) y dedicado al Retablo del Mar:
El artista pensaba:
A un lado estaba la muchedumbre de los personajes creados por mí; a otro, la muchedumbre de los contempladores. Separaba a una y otra multitud un débil cordón. No sabía yo cuál de las dos muchedumbres era la verdadera; si la real o la ficticia. Y yo iba viendo, mezclado entre los contempladores, el efecto que mi obra les producía. Observaba, lleno de ansiedad, la reacción del público ante mi obra. Y, lo que es más extraño, más angustioso, más conturbador: la reacción que mi obra iba sufriendo ante el público. Sí; mi obra ya no era mía; era del público; era del contemplador. Y el contemplador iba creando una obra que era distinta de la mía. (...)

con_valleRamón Pérez de Ayala, Sebastián Miranda y Ramón del Valle-Inclán, ca. 1910-15. Archivo familiar.En cuanto a Ramón del Valle-Inclán, Sebastián Miranda lo conoció en 1909, en una breve parada que hizo en Madrid para ver a Pérez de Ayala cuando iba camino de Italia. Fue precisamente con su fraternal amigo a la casa del veterano escritor, y la visita transcurrió, según recordaba Miranda, del siguiente modo:
Fuimos a su vivienda, en el comienzo de la calle de Santa Engracia, hoy García Morato, en una casa muy cercana al palacio del conde de Adanero. Nos recibió acostado en una cama muy limpia donde se destacaba la impresionante y noble cabeza de don Ramón, que inclinó un poco hacia delante para mirarnos por encima de sus gafas, extendiendo hacia nosotros su mano nervuda, con la que luego pausadamente atusó sus barbas que medio ocultaban una amplia sonrisa parejamente con sus ojos, que sonreían también. Del cuerpo no se vislumbraba el más mínimo relieve.
Desde los primeros instantes quedé cautivado por su modo de hablar suave e insinuante, sin incurrir en monotonía, porque de vez en cuando cambiaba bruscamente de tono y de gesto, dando la sensación de que sus ojos lanzaban chispas. De todo él trascendía un señorío auténtico comprobando más tarde, cuando leí sus obras, que en ellas se reflejaba, como en un espejo, todo su espíritu.
cochePérez de Ayala Valle-Inclán y Miranda emprendiendo una excursión en coche, ca. 1912-15. Archiivo familia artista.Tanto Valle-Inclán como Pérez de Ayala serían su referente literario, estético y artístico durante sus primeros años, particularmente el primero, a través de las opiniones que defendía en la tertulia modernista del Nuevo Café de Levante, a las que asistiría el escultor. Con ellos compartía también comidas y excursiones, como fue habitual durante toda su vida. En los primeros años madrileños, solía salir frecuentemente con Pérez de Ayala y Valle-Inclán. Con ellos fue al menos a Toledo, a las cercanías de la Virgen del Valle, excursión que no agradó nada al escritor gallego: tengo la impresión de que un día llueva fuerte y como es todo barro se deshaga y se lo lleve el río. También recordaba el escultor una comida en el estudio de la calle del Pez a la que invitaron él y Pérez de Ayala a Jacinto Benavente, Tirso Escudero, Francisco de Icaza y Ramón del Valle-Inclán, entre otros. En la sobremesa se leyó una comedia de Pérez de Ayala, que no llegó nunca a estrenarse. Más adelante, y según recuerda el artista en sus artículos, en los últimos años del escritor intervino para que le concedieran el cargo de Director de la Academia de España en Roma, que ocuparía desde 1933 y hasta su muerte en 1936.

baroja_mirandaBusto de Pio Baroja, abril 1940. Col. Virginia Rebollar.Ya a principios de la década de 1910, aunque no se sabe exactamente cuándo, Sebastián Miranda conoció a otro escritor clave de la literatura española, Pío Baroja, de quien se ha documentado especialmente su relación en el exilio parisino y en los años de la posguerra. Baroja se instaló en 1938 en el Colegio de España de la Ciudad Universitaria de París, para pasar después a la rue Clement Marot, mucho más próxima a la casa del escultor, y compartía comidas y pequeñas excursiones con el artista asturiano, como las que narra en Aquí París sobre el mercado parisino, donde Miranda acudía en busca de modelos:
Aquellos puestos de la Feria de Pulgas eran misteriosos, tenían una parte exterior para el público, otra más interior repleta de cosas para los aficionados conocidos, y, a veces, otra todavía más interior que daba a algún callejón, en donde había grandes espejos, armarios y cuadros.
Algunos puestos de la feria de Clignancourt tenían un aire cómico; parecían mirar hacia París por una claraboya oval que recordaba el ojo de algún monstruo. Uno pensaba en cómo representaría todas aquellas casuchas un pintor de la fantasía del Bosco o de Brueghel.
El terreno donde se instalaba la feria debió de hallarse en otro tiempo hundido y tener un carácter pantanoso, y en los días de mucha lluvia se quedaba completamente intransitable
.

Artistas
Resulta difícil seleccionar a una reducida representación de entre los numerosos artistas con los que Sebastián Miranda tuvo relación, de amistad y/o profesional, aunque entre todos ellos quizás se puedan destacar principalmente los siguientes:

En los años centrales de la década de 1910 Sebastián Miranda colaboró con el gran escultor Antonio Rodríguez Hernández, más conocido como Julio Antonio (1889-1919). El propio Sebastián Miranda contaba en una conferencia dedicada a Marañón y pronunciada en 1964 cómo había conocido al escultor tarraconense:
Al despedirme de Roma el año 10, después de una larga estancia de dos años, me fui al edificio central del Capitolio y desde el balcón trasero del Palacio Senatorial, donde se domina el Foro Romano y el Palatino, juré, como a la mujer amada, volver en cuanto pudiese. Estaba como hechizado de su belleza, de su historia, de su maravilloso idioma, de mi vivienda y estudio sobre la Villa Medicis. Cumplí a medias mi juramento. Volví cuantas veces pude, pero no a vivir, como era mi propósito.
Me aseguraron que sería fácil obtener una beca y vine a Madrid para hacer las gestiones necesarias. Como un amigo me advirtiese que había otro aspirante a esa misma beca, que a su juicio, valía mucho, quise conocerle y al ver sus obras me quedé asombrado. Se llamaba Julio Antonio. Desde aquel mismo instante considerándome un pigmeo a su lado, renuncié definitivamente a mis aspiraciones. Nos hicimos muy amigos. Era cordial, noble, bueno.
Ambos escultores coincidieron en Madrid en diversas tertulias y tenían amigos en común. Esto promovió que pronto se iniciara entre ellos una profunda amistad, marcada por la admiración del asturiano por el tarraconense. Además, a partir de finales de 1913 compartieron, durante unos años, taller y proyectos, como los ya mencionados Monumento a las Américas en Oviedo, 1913-1914; el Monumento a Manuel Camo en Huesca, 1915 y el Monumento a Pedro Menéndez de Avilés en Avilés, 1916. Instalados en el estudio del artista asturiano, en el sexto piso de la calle Montalbán número 17, el taller se constituyó como un núcleo de debate, bohemio e intelectual, continuación de las reuniones de los cafés. Allí recibían la visita de numerosos amigos e intelectuales, y mientras ideaban la obra, se discutía a su alrededor sobre varios temas, entre ellos el de los toros.
Según una crónica de la época,
(...) el estudio compartido por Miranda y Julio Antonio era visitado casi todas las tardes por Valle Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Luis de Tapia y Julián Cañedo. Uno de los temas favoritos era el de los toros. Disfrutaban montando corridas en el estudio, en las que hacía de toro un gitano muchacho llamado Montaño, que también cumplía las funciones de modelo. Llegaron incluso a organizar un evento taurino anunciado como festival aristocrático (...).
También se discutía sobre literatura, arte y danza, debido a la presencia de escritores y artistas ligados a otras corrientes de la época:
Al taller con espíritu de alta crítica digna de seguir sus sabias enseñanzas, acuden a diario maestros de la literatura y arte españoles: Valle-Inclán, el manco ilustre que, a semejanza de otro manco excelso, riñe, batallas formidables con la incultura ambiente en favor de las Letras de su Patria; Pérez de Ayala y Luis Bello, Romero de Torres y Anselmo Miguel Nieto; Jacinto Benavente, el más insigne dramaturgo de la Europa actual, según textos franceses; Tapia, Enrique de Mesa, Candamo...
Allí en Areópago intelectual, discuten las últimas producciones literarias, sientan reglas de arte; de vez en vez, sobre los barros modelados corrigen líneas, orientan actitudes. Y un día la Argentina, esa bailarina maestra que hizo de unos palillos andaluces cajas de dulces armonías y educó el ritmo de su cuerpo flexible en danzas en que Grecia y España se fundían, y otra la Imperio, la bailaora genial que entre reflejos cálidos de sus carnes de bronce hace al baile gitano arte sublime, y otro la Goya gentil riente y luminosa, dan pintorescas notas de su arte entre aquellos artistas y presiden, entre flores y estatuas, festejos en su honor.
Durante estos meses Sebastián Miranda compartió también el ideal estético del escultor tarraconense pero, pese a este contacto entre ambos artistas y la admiración demostrada por el asturiano, lo cierto es que Sebastián Miranda siguió manteniendo un estilo propio.

Otro artista con el que Miranda tuvo particular relación fue con el ceramista Daniel Zuloaga. Resulta difícil fechar el inicio de su contacto profesional y cómo lo conoció. Es posible que fuera a través de su sobrino, el pintor Ignacio Zuloaga, aunque es sólo una hipótesis plausible. María Jesús Quesada ha fechado este suceso en 1918, aunque la primera noticia datada que se ha localizado de la coincidencia entre Miranda y Daniel Zuloaga sucede el 29 de junio de 1919. Ese día, y conmemorando las fiestas de San Pedro, Daniel e Ignacio Zuloaga habían organizado una corrida de toros benéfica, a cargo de Juan y su hermano Manuel Belmonte. A ella acudió buena parte del grupo de Madrid, entre los que se encontraban Julio Camba, Cristóbal de Castro, García Sanchíz, Fernando Gillis, Anselmo Miguel Nieto, el doctor Serrano, Luis de Tapia, Valle-Inclán, y, por supuesto, Sebastián Miranda. Se desconoce si fue este el momento en que, movidos por su mutua afición a los toros, comenzaron a hablar también sobre su común trabajo con el barro, y si iniciaron entonces su colaboración (o más bien, enseñanza al escultor asturiano), pues parece ser que el ceramista acudía a la tertulia del café El Gato Negro cuando iba a Madrid, donde asistía asimismo Miranda. La siguiente alusión datada, de marzo de 1920, localizada en una carta de Miranda a Ignacio Zuloaga, hace referencia a que a su tío Daniel hace ya algún tiempo que no le veo, y no aclara por tanto si ya habían trabajado juntos o solamente se habían visto. Por fin, en junio de ese mismo año, Miranda enviaba unas figuritas a cocer a Segovia, en el horno que tenía Daniel Zuloaga en la iglesia de San Juan de los Caballeros.
La relación laboral entre Sebastián Miranda y Daniel Zuloaga se intensifica, pues, en el segundo semestre de 1920 y hasta finales de ese año. El contacto con el ceramista debió convencer a Sebastián Miranda de que sus muñecos obtendrían una mejor calidad técnica si los horneaba y esmaltaba siguiendo los consejos de Daniel Zuloaga, y así decidió intentarlo. Preparó una primera figurita para hacer la prueba en el taller de San Juan de los Caballeros, que como era característico en su producción de entonces tendría apenas 30 centímetros de alto. Para realizarla hubo de contar con los consejos del ceramista, sobre la idoneidad de la misma para ser cocida en sus hornos y otros asuntos como los centímetros de espesor que debía tener la figura, dónde debía dejarse a secar y durante cuanto tiempo. Tras la cocción, queda totalmente satisfecho con la prueba y llega a cocer en Segovia varias piezas más, hasta que se decide a construir su propio horno en diciembre de 1920.
El aprendizaje con Daniel Zuloaga fue, para la producción mirandina, mucho más importante que la colaboración que había establecido con el escultor Julio Antonio, pues empleó este método en su producción posterior e, impulsado por su interés por la cerámica, realizó en junio de 1922 un viaje para conocer los modos de producción de diversas manufacturas francesas. De su amistad y trabajo con el ceramista, quedó además el testimonio de un pequeño retrato de Daniel Zuloaga.

hos_solanaRetrato de los hermanos Solana, ca. 1938-39. Archivo familia del artista.También fue íntimo amigo del pintor José Gutiérrez Solana y, como en el caso de Daniel Zuloaga, se desconoce en qué momento conoció Sebastián Miranda al pintor y a su hermano Manuel, aunque seguramente fue, como a otros muchos compañeros artistas, en el Madrid de las primeras décadas de siglo.
Al igual que Miranda, Solana residió en París durante la guerra civil española. Instalado junto con su hermano en el Colegio de España de la Ciudad Universitaria, recibía las visitas periódicas de Sebastián, quien de hecho le serviría como intérprete para la organización de la exposición del pintor en París en 1938, así como la posterior venta de sus cuadros. Ambos fueron retratados por Miranda hacia 1938, en un retrato doble en el que José aparece sentado y su hermano de pie, ligeramente detrás de él, ambos sobre una peana decorada a base de las máscaras y figuras carnavalescas, tan características del pintor Fue también precisamente en el taller del escultor asturiano donde José Gutiérrez Solana realizaría su primera escultura, una terracota policromada que representa una de sus características figuras de carnaval: la Destrozona, y de la que parece ser que llegaría a materialziar dos versiones. Es esta una figura de pequeño tamaño que representa a una máscara con una escoba, un tema carnavalesco muy frecuente en sus pinturas, en una figura que insertaría en 1943 en la pintura Escultura y careta.
Miranda fue así mismo admirador de la obra del pintor y, además de interceder como marchante entre él y distintos compradores, fue propietario de al menos un cuadro de José Gutiérrez Solana.

iz_miranda_1942Ignacio Zuloaga, 1942. Col. particular.Por último, me gustaría señalar la particular relación que tuvo con el también pintor Ignacio Zuloaga. Su primer encuentro tuvo lugar en París, hacia 1908, y aunque entonces no debió mantener mucho contacto con él, como se deduce de su primera correspondencia conservada (fechada en torno a 1920), después se convertiría en su admirador y amigo hasta la muerte del pintor, en 1945. Según narraba Sebastián Miranda, conoció a Zuloaga tras el estreno, en el Casino de París, de la zarzuela de Quinito Valverde Le Beau Tejada. Al ir a saludar al autor de la zarzuela a su camerino, tras la representación, Miranda, junto con Cadenas, se encontraron con Enrique Gómez Carrillo, Luis Bonafaux e Ignacio Zuloaga. El pintor vasco invitó a Miranda y a los demás compatriotas a una fiesta que celebraba a los pocos días en su estudio de la calle Caulaincourt, en los altos de Montmartre, y a la que asistirían también bailarinas de la talla de Cleo de Merode, la Fornarina y Antonia Mercé, La Argentina. Precisamente para ver bailar a La Argentina, a quien toda su vida elogió desmedidamente, Miranda se sentó al lado de un anciano de barbas blancas, que resultó ser el mismo Auguste Rodin (1840-1917). Rodin quedó sorprendido de los elogios del joven español hacia la bailarina, y éste avergonzado por no haber frenado su lengua, ignorando quien era su acompañante.
Miranda y Zuloaga volverían a coincidir en el Madrid de los años 10, frecuentando ambos el mismo círculo artístico e intelectual, por lo que su amistad comenzó a ser más profunda, sobre todo a partir de 1919, con el traslado del escultor al taller que antes había ocupado el pintor en la calle Marqués de Urquijo y, más aún a partir de 1924, en que el escultor asturiano comenzó a pasar temporadas en la casa del pintor en Zumaia, donde además pediría la mano de su esposa, Lucila de la Torre, en el verano de 1926. A partir de entonces, disfrutarían de una cordial relación con comidas, excursiones taurinas o en búsqueda de antigüedades y viajes compartidos, hasta la muerte del pintor en 1945. Unos años antes, Miranda inmortalizaría al artista en un retrato del pintor sentado, del que se conservan varias versiones en distintos materiales. El escultor también conservaría en su casa-taller un bodegón con tres manzanas del pintor vasco.

Políticos e intelectuales
Entre los intelectuales y políticos con los que Miranda intimó, caben destacar principalmente dos figuras: Gregorio Marañon y Posadillo e Indalecio Prieto.

maranon_mirandaGregorio Marañon y Sebastián Miranda en Toledo. Archivo familia del artista.Miranda conoció a Gregorio Marañón a principios de la década de 1910 y a través del escultor Julio Antonio, quien lo llevó a su estudio de la calle del Pez tras haber consultado con él por consejo de su compañero. Miranda y Pérez de Ayala sabían ya de la fama del médico y Sebastián había pensado que tal vez podría ayudar a que su compañero se curase de tuberculosis, enfermedad que acabó provocando su prematura muerte en 1919. Miranda, enterado de que Marañón recibía diariamente, gratis, en el Hospital Provincial, había aconsejado a Julio Antonio que le fuera a ver:
Me apresuré a decírselo y, pocos días después, supe que no lo había conseguido a pesar de haber guardado cola durante muchas horas. Le aconsejé entonces que le dedicase uno de sus mejores dibujos y al dorso le escribiese simplemente que deseaba consultar con él. Me dijo, lleno de conmovido entusiasmo, que a los pocos minutos de haberlo entregado salió el mismo Marañón, con su blusa blanca y llevando el dibujo en la mano, acompañado del ujier, para que le señalase quién era el autor.
Desde aquél mismo día llovieron por el taller de Julio Antonio cestas repletas de toda clase de exquisitos manjares: jamones, embutidos, pollos, frutas, vinos y hasta champagne francés. Poco tiempo después, el propio Julio Antonio, acompañó a nuestro estudio al ya famoso Dr. Marañón. Desde aquel día nació entre nosotros una gran amistad que fue decantándose con los años sin que los múltiples favores y atenciones que de él recibía pesasen en mi ánimo lo más mínimo, pues daba la impresión, a juzgar por su contento, que al otorgarlos era él quien se beneficiaba.
Marañón sería, a partir de entonces, amigo íntimo, médico, compañero en viajes y excursiones y como exiliado durante la guerra civil, crítico de la obra y común a las ideas políticas del escritor y del artista asturiano. Con él y con su familia mantendría Miranda, hasta el final de su vida, una nutrida correspondencia aunque, sorprendentemente, nunca llegó a retratar al médico.

Poco después, en 1914, conoció al político asturiano y entonces periodista, Indalecio Prieto (1883-1962), en las corridas de toros de las fiestas de Bilbao. Según narró el artista, Miranda leía la crónica taurina del periódico El Liberal, del que Prieto era director, en el Café del Boulevard. El político había sustituido en el artículo que Miranda leía al crítico taurino, que se había puesto enfermo. Miranda, que no pudo reprimirse, le comentó: Pues me va a permitir que le diga que no sabe usted una palabra de toros. Este le respondió al día siguiente con una tarjeta: Efectivamente, de toros no sé gran cosa, aunque me considero aficionado. Sin embargo, conozco un sitio donde ponen un bacalo al pil-pil que no olvidará fácilmente. A las dos pasaré a recogerle. El desparpajo de ambos estableció el inicio de una amistad que se mantendría, pese al largo exilio mexicano del político y a las divergencias de ideología política existentes entre ambos, y agudizadas en la posguerra, hasta la muerte de Prieto en 1962. Fruto de su relación surgió además un interesantísimo epistolario, clave para el conocimiento de la historia política española contemporánea y parcialmente publicado en el libro Cartas a un escultor, en el que el político justifica, ante las preguntas del escultor, determinadas decisiones tomadas por el gobierno republicano durante la guerra civil.

 

 

 

Sebastián Miranda

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