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Relación de   miro_parrillaGabriel Miró por Adelardo Parrilla (1877 - 1953).   con otros creadores

Gabriel Miró, a pesar de ser hombre de familia y poco dado a las tertulias, entabló buenas y leales amistades desde su infancia. Buenos amigos son precisamente los que le empujan a participar en el concurso de
"El Cuento Semanal".

homenaje_miroHomenaje a Gabriel Miró por haber obtenido el premio del concurso El Cuento Semanal.

En los primeros años del siglo XX desde la atalaya de la revista Prometeo, Ramón Gómez de la Serna repartía críticas a Unamuno, Baroja, Valle-Inclán pero también encendidos elogios a Gabriel Miró y a Juan Ramón Jiménez. 
Desde la revista que capitaneara Ramón Sije, El Gallo crisis, se elogiaba la escritura del alicantino.
Eugenio d'Ors anima a Miró y lo introduce en el círculo cultural barcelonés, entre los que se contaban Joan Maragall, Joaquím Ruyra y el director de la editorial Doménech, Josep Carner. Allí intimará con el compositor Enrique Granados, el doctor y político Augusto Pi Suñer y el filósofo Ramón Turró. Precisamente, en el estudio del músico Enrique Granados, a las faldas del Tibidabo, se reunía junto a su otro buen amigo, Augusto Pi Suñer, a disfrutar de veladas pianísticas y lecturas de su obra El abuelo del Rey.
Antonio Maura el escritor, político, director de la Real Academia y Presidente del Consejo de Ministros, fue su valedor en la capital. En varias ocasiones se benefició de sus influencias para medrar.
Gabriel Miró fue amigo del modernista canario Rafael Romero, "Alonso Quesada", a quien ayudó primero a incorporarse en la redacción barcelonesa de La Publicidad y más tarde empujó a participar con el libro Los caminos dispersos en el Premio Nacional de Literatura de 1925, ganado al final por Rafael Alberti y Gerardo Diego. El libro, con el prólogo que Gabriel Miró redactó aquel año se publicó en 1944.

Manuel Machado le dedicó su poema "Peristilo":

Místico del color
Y del aroma
Y del tocar suave...
Del sabor y de la dulce melodía.
Místico de los cinco
sentidos corporales...
¡Y todo alma: enojos, gusto, olfato,
tacto y oído! Novio del paisaje,
en íntimo coloquio con Natura
-por el Estilo convertida en arte-,
vivió y murió,
Gabriel, el bien nombrado
Miró, Gabriel Miró.

Miró fue una persona serena, en apariencia tímida y de carácter melancólico. Rara vez frecuentó los círculos literarios y las redacciones de periódicos. 
Tanto para su época como en la actualidad, ha sido un escritor de culto, de pocos pero entregados lectores, aunque siempre gozara de la estima de los mejores. Así se entiende el banquete homenaje que organizara Gómez de la Serna en su honor apenas transcurrido un mes de la muerte y coincidiendo con el estreno del auto sacramental de José Martínez Ruiz, Angelita.

Azorín dedicó el capítulo XXI de su libro Superrealismo, de 1929, a la figura y obra del escritor alicantino destacando el "estilo sabroso, suculento, sensual".

Tal fervor de lectura tiene efectiva plasmación en la Asociación "Amigos de Gabriel Miró", constituida en 1930 con el afán de realizar edición crítica de la obra mironiana. Participaron los mejores escritores españoles de su tiempo: el presidente fue José Martínez Ruiz, ya Azorín, el secretario Ricardo Baeza y como vocales se contaban, entre otros, Miguel de Unamuno, Ramón Menéndez Pidal, Ramón del Valle Inclán, Ramón Pérez de Ayala y Pedro Salinas.
En el prólogo a Dentro del cercado - La palma rota que preparó Gregorio Marañón, en 1934, se puede leer una clarividente interpretación de cómo la fidelidad a su estética fue la causa de la incomprensión:

... devoto puro de la belleza... Pero Gabriel Miró, ¿para qué, para quién escribía? Acaso para el sólo; quizá ni siquiera para sí mismo: crear por crear, si el último destello utilitario que es el narcisismo del creador [...] Lo maravilloso de Miró, es [...] el desinterés absoluto e inalterable de su obra, desde su primera página juvenil hasta la última, juvenil también...No se descubre ni una sola vez al leerle, la concesión más tenue, ni al gusto bronco de los públicos, ni a la adulación a los poderes de la tierra -hombres o multitudes-; ni a esa esclavitud, que a todos nos roe, del encargo aceptado por necesidad o por cortesía, a contrapelo de la espontánea inspiración. Nada de esto, nunca. Siempre con unas ganas de tejer, con el hilo sutil de sus palabras, una tela increíble, de lujo magnifico: por el propio recreo de irla urdiendo [...] Acaso era esto lo que hería [...] a la sensibilidad de ciertos de sus contemporáneos.

Juan Gil-Albert fue un lector contumaz de la obra mironiana. El Instituto de Cultura Juan Gil-Albert publica, en la actualidad, de forma muy discontinua, las Obras Completas del autor. Pareciera como si aun pesara la losa del juicio imprudente de Ortega, quien le acusaba de sonar "sin remedio a falsedad estética". Y, sin embargo, a la luz de su obra bien podemos afirmar junto a Gerardo Diego que Gabriel Miró "no es un escritor de actualidad, sino de perennidad".