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Relación de  reyes_firma con otros creadores

 

Alfonso Reyes concedió a las tertulias y conversaciones de café un papel vital en la formación del escritor. El primer espacio en el que accedió al contacto con otros escritores fue el Ateneo de la Juventud en Ciudad de México en 1910, en donde se citaban Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Antonio Caso, Julio Torri, entre otros, con en el ánimo de leer a filósofos a quienes el positivismo oficial del régimen de Porfirio Díaz condenaba como inútiles y a dictar, en la Sociedad de Conferencias, charlas sobre los clásicos griegos y la literatura española del Siglo de Oro.
De los ateneístas, Pedro Henríquez Ureña se impuso como su amigo más cercano a juzgar por la correspondencia que ambos mantuvieron por más de cuarenta años. A ratos el ensayista dominicano ejerció sobre Reyes cierta visión taxonómica del mundo (catalogar o hacer listas de valor de los seres y las cosas), producto de su formación anglosajona. Ambos se apartaron un poco al final de la década de 1940 cuando Reyes volvió a México y Henríquez Ureña se quedó en Argentina.
Mantuvo una amistad más o menos distante con José Vasconcelos, Ministro de Educación en la primera era postrevolucionario, a lo mejor por su excesivo criollismo o nacionalismo, al cual Reyes no podía aspirar después de permanecer casi treinta años fuera de su patria.

Una vez se instaló en España en septiembre de 1914, Reyes logró una gran simpatía entre la intelectualidad madrileña. Se relacionó con escritores de diversas tendencias, gracias a su condición de extranjero -de mexicano- y a su talento diplomático.
Durante el día laboraba en el Centro de Estudios Históricos, bajo la disciplina de Ramón Menéndez Pidal y al lado de filólogos profesionales como Tomás Navarro Tomás, Antonio Solalinde, Federico de Onís, Américo Castro, Amado Alonso y Dámaso Alonso.
En las noches y los fines de semana asistía a varias tertulias literarias alrededor del centro de Madrid.

banq_cafe_pomboBanquete a Don Nadie en el café Pombo. A la dcha. de Gómez de la Serna, Salaverría. Detrás, sentados, Zuloaga, Valle-Inclán, con lentes y barba, y Bergamín... y tal vez un Alfonso Reyes joven con bigotes.

Frecuentaba, en especial, la tertulia que presidía Ramón Gómez de la Serna en la Sagrada Cripta en el antiguo Café y Botillería de Pombo, muy cerca al Palacio Real, cuyos contertulios salieron retratados en el cuadro famoso de Gutiérrez Solana:

la tertulia del caf del pombo 1920Tertulia del Café Pombo, 1920. José Gutiérrez Solana. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

 

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"En torno a la alargada mesa de mármol -imagen de ataúd- en un ángulo, a la palida iluminación de aquellos candiles antiguos, sentados en el sofá forrado de felpa roja, ya desteñido, como suspendidos en éxtasis de contemplación y expectación, según cierta vez los pintó Solana, allí estaban el gran Ramón, los dibujantes Bartolozzi y Romero Calvet, el propio Solana y su hermano (dos hermanos siempre juntos, y siempre en perpetua rivalidad...), Bergamín, Abril,  Borrás, Bacarisse, Cabrero, hasta el venezolano Pedro Emilio Coll...". (Obras Completas XXII, Marginalia
, FCE, México, 1989, p. 605).

También en Madrid concurría al Café Regina en compañía de Ramón María del Valle Inclán, quien además resultó ser su vecino en el barrio de Salamanca y amigo en común de varios mexicanos en su paso por aquel país. Visitaba el club "La cucaña" presidido por Eugenio d´Ors, así como otras tertulias espontáneas en el Hotel Palace de Madrid, en el Ateneo (donde recibió los saludos del presidente Manuel Azaña), en la Revista España, en el café "Granja El Henar" de la calle de Alcalá -ya desaparecido- y en la Residencia de Estudiantes, donde conoció varios integrantes de la Generación del 27. De este último lugar dejó una bella descripción:

"En Madrid, al término de la Castellana, cerca ya del Hipódromo¼, hay una colina graciosa, vestidas de jardín las faldas y coronada por el Palacio de Bellas Artes. Juan Ramón Jimé vientecillo constante, una brisa de llanura¼ Lejos, alta, saneada de silencio y aire, abre la Residencia sus galerías alegres; capta todo el sol de Castilla -dulce invernadero de hombres- y da vistas a los hielos azules del Guadarrama, aérea Venecia de reflejos. Esta casa es refugio de algunos espíritus mayores. El poeta Juan Ramón Jiménez vivió aquí hasta su viaje a América, de donde regresó casado¼ Eugenio d'Ors paraba siempre en la Residencia antes de trasladar a Madrid sus reales. Y todos ellos, y Ortega y Gasset, Azorín, Maeztu, Canedo, gustan de ofrecer a los huéspedes de la Residencia en lecturas semiprivadas, las primicias de sus libros y sus estudios. El filósofo Bergson, el sabio Einstein, el escritor Wells, el músico Falla.. no pasan por Madrid sin saludar esta casa". (Obras Completas de AR, tomo IV, Simpatías y diferencias, FCE, México, 1980, p. 363).

Su intensa vida social se volvió a activar cuando en 1927 llegó a Buenos Aires como embajador de México. Simpatizó mucho con Virginia Ocampo y entró al selecto círculo de la de la revista Sur, en donde tuvo ocasión de conocer al joven Jorge Luis Borges quien en varias ocasiones relató las conversaciones entre ambos.

"Yo lo conocí en la quinta de Victoria Ocampo, que está, creo, en San Isidro. Lo conocí a Alfonso Reyes, y recordé enseguida a otro poeta mexicano; a Othón... Entonces, Alfonso Reyes me dijo que él había conocido a Othón, que Othón frecuentaba la casa de su padre, el general Reyes, que se hizo matar cuando la Revolución Mexicana. Una muerte bastante parecida a la de mi abuelo, Francisco Borges, que se hizo matar después de la capitulación de Mitre, en La Verde, en el año 1874. Alfonso Reyes me dijo que había visto muchas veces a Othón; entonces yo me quedé asombrado, porque uno piensa en los autores, y uno piensa en los libros; uno no piensa, bueno, que los autores de esos libros eran hombres, y que hubo gente que pudo conocerlos. Yo le dije: "Pero, cómo, ¿Usted lo conoció a Othón? Entonces Reyes dijo, inmediatamente, con la cita adecuada: que eran unos versos de Browning, y me dijo: "Ah, did you once see Shelley plain?... Desde aquel momento, nos hicimos amigos, y él me tomó en serio. Yo no estaba acostumbrado a ser tomado en serio. Creo que quizá sea un error tomarse en serio. Pero, en todo caso, eso error se ha difundido después; pero aquel tiempo era nuevo para mí...". (Tomado de la Revista Anthropos, "Alfonso Reyes o la total circunferencia: un pensamiento hispanoamericano", n. 221, 2008, p. 124).

En otras esferas de la capital argentina conoció a Leopoldo Marechal, Ricardo Molinari, Eduardo Mallea, Guillermo de la Torre. Sólo que en Buenos Aires no la pasó tan contento como en Madrid, pues padeció la arrogancia porteña cuando quiso fundar la revista Libra y se vio inmerso en envidias y rencillas entre jóvenes escritores. También en Buenos Aires se alejó un poco de su amigo Pedro Henríquez Ureña y rompió su amistad con José Ortega y Gasset por un episodio de ingratitud. Ortega se fue de Buenos Aires sin despedirse de Reyes ni darle las gracias por el préstamo de un departamento de soltero, y el mexicano, de paso, pareció reprocharle al ensayista español cierta arrogancia con la intelectualidad latinoamericana, cierto desprecio.

En Río de Janeiro, a donde arribó en calidad de embajador en 1930, se dedicó también en sus ratos de ocio a la vida intelectual. Conoció al poeta colombiano Guillermo Valencia y al principal exponente de la vanguardia en Brasil, el poeta Oswald de Andrade, inventor del movimiento "Pau Brasil" y creador de la llamada vertiente antropofágica del vanguardismo. De la conversación con él renació en Reyes su interés por Montaigne, y el nacimiento de un libro de ensayos y ficciones, Tren de ondas (1932), inspirados cada uno de ellos en una frase de los Ensayos de Montaigne.

De vuelta a México reforzó su relación con viejas amistades y se mantuvo abierto a la visita de los jóvenes. De hecho, los principales escritores mexicanos de la segunda mitad del siglo XX conocieron y han reconocido la vasta influencia de Alfonso Reyes.
El primero de ellos debería ser Octavio Paz. Ambos sostuvieron correspondencia y varios ensayos de Paz a ratos parecen parafrasear o reconstruir ideas que Reyes dejó entrelíneas, en especial sobre teoría literaria y estilos poéticos.
El novelista Carlos Fuentes se inspiró en una frase de Visión de Anáhuac para titular una de sus primeras novelas, La región más transparente, que Reyes incluso alcanzó a leer y comentar.
Por sus tertulias pasaron también Sergio Pitol y José Emilio Pacheco, quienes nunca han dejado de sentirse en deuda constante por sus enseñanzas.
Alfonso Reyes, sin embargo, no tuvo discípulos directos que se dedicaran a registrar, en libros o escritos aparte, la memoria de sus conversaciones y tertulias.
La lectura de su obra ha bastado para seducir a grandes críticos mexicanos como José Luis Martínez y Adolfo Castañón, así como al colombiano Rafael Gutiérrez Girardot y al cubano Roberto Fernández Retamar, entre otros latinoamericanos y españoles. Adolfo Castañón se ha dedicado en los últimos años a reorganizar su obra y a editar sus escritos inéditos. El homenaje más grande concedido a Reyes después de su muerte vino de Borges, a juzgar por el poema "A. R. In Memoriam".

El vago azar o las precisas leyes
Que rigen este sueño, el universo,
Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.
Supo bien aquel arte que ninguno
Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países
Y estar íntegramente en cada uno.
Si la memoria le clavó su flecha

Alguna vez, labró con el violento
Metal del arma el numeroso y lento
Alejandrino o la afligida endecha.

En los trabajos lo asistió la humana
Esperanza y fue lumbre de su vida
Dar con el verso que ya no se olvida
Y renovar la prosa castellana.
Más allá del Myo Cid de paso tardo
Y de la grey que aspira a ser oscura,

Rastreaba la fugaz literatura
Hasta los arrabales del lunfardo.
En los cinco jardines del Marino

Se demoró, pero algo en él había
Inmortal y esencial que prefería
El arduo estudio y el deber divino.

Prefirió, mejor dicho, los jardines
De la meditación, donde Porfirio
Erigió ante las sombras y el delirio

El Árbol del Principio y de los Fines.
Reyes, la indescifrable providencia
Que administra lo pródigo y lo parco

Nos dio a los unos el sector o el arco,
Pero a ti la total circunferencia.
Lo dichoso buscabas o lo triste

Que ocultan frontispicios y renombres:
Como el Dios del Erígena, quisiste
Ser nadie para ser todos los hombres.

Vastos y delicados esplendores
Logró tu estilo, esa precisa rosa,
Y a las guerras de Dios tornó gozosa

La sangre militar de tus mayores.
¿Dónde estará (pregunto) el mexicano?
¿Contemplará con el horror de Edipo

Ante la extraña Esfinge, el Arquetipo
Inmóvil de la Cara o de la Mano?
¿O errará, como Swedenborg quería,

Por un orbe más vívido y complejo
Que el terrenal, que apenas es reflejo
De aquella alta y celeste algarabía?

Si (como los imperios de la laca
Y del ébano enseñan) la memoria
Labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria

Otro México y otra Cuernavaca.
Sabe Dios los colores que la suerte
Propone al hombre más allá del día;

Yo ando por estas calles. Todavía
Muy poco se me alcanza de la muerte.
Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes

(Dondequiera que el mar lo haya arrojado)
Se aplicará dichoso y desvelado
Al otro enigma y a las otras leyes.
Al impar tributemos, al diverso
Las palmas y el clamor de la victoria:
No profane mi lágrima este verso
Que nuestro amor inscribe a su memoria.

 

 

 

Alfonso Reyes

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